El cine de las españoladas ha despertado de aquella tumba tan ligera en la que, más que morir, parecía descansar, dispuesto a levantarse a la más mínima oportunidad. Todos creíamos que este tipo de cine, cargado de estereotipos y falto de ingenio al fin había desaparecido, dando lugar a una época de madurez en el cine español que a la gran mayoría parecía estar gustándole. Sin embargo, Villaviciosa de al lado ha llegado para despertar aquel recuerdo de un cine que se hacía antes, uno un tanto… cutre.

Así, el director Nacho G. Velilla levanta el telón para dar paso a Villaviciosa de al lado, una película que parte de un argumento tan sencillo como previsible: al pueblo de Villaviciosa le ha tocado la lotería, recayendo el premio en un club de prostitutas. Pero, ¡oh, sorpresa!, un conjunto de personajes marcadamente estereotipados y ya aburridamente típicos en las malas películas de humor, como son el alcalde barrigón de derechas, el resto de políticos de oposición torpes, el “tonto del pueblo”, el cura promiscuo, el pringado de turno y la chica tonta, son los protagonistas que intentarán cobrar ese premio porque ¡oh, sorpresa de nuevo!, todos, absolutamente todos, le habían colocado la ornamenta a sus anticuadas y clásicas mujeres amas de casa, chismosas y de armas tomar.

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Partiendo de este argumento, todo en la película se desarrolla a un ritmo rápido, sin momentos reflexivos, siendo una gran sucesión de intentos de chistes malos y de creación de situaciones cómicas que solo logran tocar lo bizarro y lo inverosímil, sacando constantemente al espectador de la historia para preguntarse: ¿qué hago viendo esto? (el precio que pagué por verla me rondó varias veces la mente durante la película).

Otro de los grandes fallos es que, al estar basada únicamente en estereotipos superficiales (ya pasados de moda por cierto), se hace muy poca (poquísima) profundización en los personajes, con los cuales es imposible llegar a simpatizar en ningún momento, pues los mismos actúan y cambian de opinión en apenas unos segundos para ajustarse al desarrollo de un más que débil guion.

Otro de los fallos es la gran debilidad en la imitación que tiene el personaje Ricardo, político progresista y de izquierdas interpretado por Carlos Santos, el cual, infundado en unos vaqueros gastados, un jersey de calle y con una curiosa y llamativa coleta recogida, hace pensar en cierto político actual al que, sin duda, en esta película se ridiculiza hasta extremos inimaginables, siendo una clara (pero no conseguida) crítica hacia Pablo Iglesias y su partido en general.

No obstante, esta película sí tiene un gran acierto dentro de esa maraña de sinsentidos: el gran papel y carisma que aporta Carmen Machi (interpretando a La Mari), sin la cual este producto decadente terminaría de hundirse del todo.

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Así pues, si eres un espectador al que no le gusta el cine pero está enormemente aburrido, no le apetece pensar demasiado sobre lo que está viendo ni tiene intenciones de pararse a reflexionar sobre tramas y personajes, en definitiva, si quieres pasar un rato de entretenimiento pero sin tener que pensar nada en absoluto, esta película es la tuya.

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