El pasado lunes, 6 de febrero de 2017, tuve el gran placer de ir al cine para ver La la land. Y resalto la fecha porque, sin duda, es un día que no olvidaré. Se trata del día que pude ver uno de los mejores estrenos musicales de hace años, de hace décadas… Prácticamente, uno de los mejores estrenos musicales desde que nació el cine. 

La la land, la ciudad de las estrellas, título que ya rezuma magia. El mismo evoca a música, a un país o ciudad, quizá a una zona que nadie conoce, donde todo es música y, por ello, es magia. “La tierra del la la” es, literalmente, lo que significa el título que, a mi parecer, es el más acertado que han podido ponerle.

Dirigida por Damien Chazelle y protagonizada por Ryan Gosling y Emma Stone, conocidos es por todos que esta película ya ha sido nominada a 14 Oscars, contando además con multitud de premios ya acumulados a sus espaldas. La la land ha venido pisando fuerte, más bien, ha venido bailando claqué, algo que los dos protagonistas de la película hacen bastante bien.

La película cuenta la historia de Sebastian y Mia, el primero un pianista de jazz en la quiebra cuyo principal objetivo es volver a revivir el género del jazz en una sociedad que lo está matando y ella una joven aspirante a actriz que no ha tenido suerte en el mundo de la actuación. Tras conocerse, ambos se enamoran y viven la vida de una forma tan realista como soñadora, convirtiendo todo a su alrededor en magia.

Algunas de las grandes hazañas de los protagonistas fue que tuvieron que aprender a bailar claqué. Además, Gosling, en apenas un mes, aprendió a tocar el piano, regalándonos hermosas y realmente deliciosas escenas en las que observamos cómo las manos de Ryan se mueven con una soltura y delicadeza extremas, dignas de un gran pianista veterano.

Cada una de las escenas tiene una fotografía cuidada, tan bonita que logra que, tanto cuando sueñan como cuando viven en la realidad, sintamos que estamos contemplando todo un espectáculo lleno de magia y ensoñación.

Sin embargo, a pesar de todas las maravillas estéticas, la gran historia y los números musicales, lo que realmente a mí me entusiasmó e impactó de la película es esa magistral combinación entre realidad y sueño, esa forma de reivindicar que el arte es un mundo lleno de ilusiones pero que debe tener los pies en la tierra. Una película que, sin duda, resalta el amor por lo que uno hace, enseñando que si realmente hay algo que te hace feliz y libre, hay que luchar por ello insistentemente, sin rendirse.

Una de las mejores escenas de esta película y que jamás podré olvidar, convertida para mí ya en un himno y canto por el arte y la sensibilidad, es la que canta Emma Stone en una de las audiciones que hace: The fools who dream. En ella, la letra es una historia que cuenta aquello que sienten todas las personas que dedican su vida al arte, al amor por el mismo, a vivir y entender la vida soñando y emocionando.

Poco más que añadir a una película que tiene mucho que decir y que está dando mucho que hablar. Bravo, bravo por este gran homenaje a las películas hollywoodienses musicales de antaño filmadas en cinemascope, bravo por las grandes actuaciones de los protagonistas, bravo por el significado de la historia que nos han querido contar y más que bravo por ese final que a más de uno ha dejado dividido interiormente.

Y, en definitiva, gracias, La la land. Gracias por haberme hecho soñar y volar con los pies en la tierra.

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