¿Dónde está el límite de la libertad de expresión? ¿Existe la verdad absoluta? Estas son algunas de las cuestiones que plantea Negación, un biopic del que hoy os traigo crítica.

1996. La historiadora estadounidense Deborah Lipstadt (Rachel Weisz), especializada en el holocausto judío en la II Guerra Mundial, es denunciada por difamación por el historiador británico David Irving (Timothy Spall). En su libro La Negación del Holocausto, Lipstadt tacha a Irving de mentiroso, pues en sus trabajos éste niega el exterminio de judíos en Auschwitz y afirma que Hitler ha sido la mayor fuerza unificadora de Europa. Lipstadt se sentará entonces en el banquillo de los acusados en la corte londinense, en un juicio que va mucho más allá de un asunto personal de difamación e injurias. Más que defender a una persona, saben que está en juego la defensa de la realidad del Holocausto. (SENSACINE)

Si os digo la verdad, Negación entró en mi agenda cinéfila casi por casualidad, conocía la existencia de esta película, pero el cartel tenía tal apariencia de thriller que el hecho de entrar a ver su sinopsis, fue pura casualidad. Y de hecho, lo mismo le ocurrió a la compañera con quien fui a verla. No es demasiado relevante, pero quizás sí una de las pocas cosas negativas que pueda achacar a este film, así que, ¿por qué no compartirlo?

Si os gustan las películas que se desarrollan tribunales, no os podéis perder Negación. Si no os gustan, no os preocupéis, a partir de esta cinta, empezaréis a cogerle el gustillo. Y lo digo porque su ritmo poco tiene que ver con otras de temática similar: el director te sitúa durante casi dos horas en el mismo espacio y, cuando te quieres dar cuenta, estás viendo los títulos de crédito.

Centrándonos un poco más en la trama propiamente dicha, encontramos a Deborah, nuestra protagonista, una mujer que no está dispuesta a debatir con nadie que niegue el Holocausto. Un personaje que quizás sea el mayor acercamiento al sentimentalismo que podemos encontrar en la película, pero que no impregna de tal cualidad al género.

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¿Qué pasará si perdemos? ¿Será entonces aceptable decir que el Holocausto no ocurrió? – Deborah Lipstadt.

Del otro lado, tenemos un equipo de abogados extremadamente rigurosos y profesionales que, en un primer momento, nos hacen creer que precisamente por un exceso de frialdad, van a abocar a Deborah al fracaso. A PARTIR DE AQUÍ PUEDES ENCONTRAR SPOILERS. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, al final de la película, demuestran que si han optado por manejar sus emociones con tal precisión ha sido con un solo fin: la victoria.

De entre estos últimos, destacar a Tom Wilkinson, cuyo papel me ha dejado totalmente fascinada, no solo por su brillante interpretación, sino por la redondez del personaje al que representa. Su rigurosa labor de investigación para derrocar por completo a David Irving, repleta de argumentos de peso y defensas ante las que es imposible apelar, es digna de contemplar. Además, a través de este personaje se nos lanza un mensaje: el respeto por la historia parte de la lucha por sacar a la luz la verdad.

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Y de aquí vuelvo a saltar a nuestra protagonista, Deborah, porque hay un aspecto más que cobra especial importancia en la película y me gustaría destacar: la importancia del silencio. Al comienzo del film, empatizamos casi por defecto con esta norteamericana que denuncia de forma alta y clara los crímenes del Holocausto, pero conforme vamos avanzando en la misma, encontramos a una persona frustrada, cargada de rabia porque su equipo le prohíbe hablar y su implicación en la causa, es máxima. Del mismo modo, se prohíbe hacerlo a los supervivientes.

En un momento de especial fuerza expresiva, ella promete a una superviviente: “la voz del sufrimiento será escuchada”. Y efectivamente, la voz del sufrimiento se impone con el veredicto de un juez que, hasta el último minuto, creemos que dará la razón al antagonista. Y el silencio de Deborah es crucial para que no haya imprevisto alguno, para que todos los cabos queden atados desde el primer momento.

¿Quién sabe cuánto habría cambiado la historia si Deborah hubiera hablado? ¿Si se hubiera dado voz a los supervivientes? Estas son inquietantes preguntas que rondan la cabeza del espectador una vez finalizada la película.

Su mensaje final es claro: la verdad no es opinable.

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